— La Busca

2010-06-26-harper-strikers

MI ANARQUISMO: “Me basta el sentido etimológico: ‘ausencia de gobierno’. Hay que destruir el espíritu de autoridad y el prestigio de las leyes. Eso es todo. Será la obra del libre examen. Los ignorantes se figuran que anarquía es desorden y que sin gobierno la sociedad se convertirá siempre en el caos. No conciben otro orden que el orden exteriormente impuesto por el terror de las armas. El anarquismo, tal como lo entiendo, se reduce al libre examen político. [...] ¿Qué hacer? Educarnos y educar. Todo se resume en el libre examen. ¡Que nuestros niños examinen la ley y la desprecien!”

rafael barret foto personal abc color portalguarani

Programa dedicado al escritor -narrador, ensayista y periodista- Rafael Barrett, que desarrolló y expuso la mayor parte de sus ideas en apenas siete años, una vez expulsado de la villa y corte madrileña, exiliado en América del Sur. En Paraguay se volcará en la cuestión social, publicando artículos como dardos contra los poderes explotadores, que le valdrán presidio y sucesivos confinamientos y destierros. Su aventura rocambolesca y una clarificación radical del ideario humanista le conducirán al anarquismo. Conocido por sus cuentos y sus ensayos de hondo contenido filosófico libertario, exponente de un vitalismo inquebrantable, aun sometido a la denuncia social, son también recurrentes sus alegatos filosófico-políticos a favor del anarquismo. La Busca se dedica a rastrear la aventura vital –y truncada– de Barrett y lo reivindica como una voz que nos habla con plena vigencia desde el común.

Aunque leeremos intercaladamente algunos fragmentos indispensables de Barrett, el programa repasa su aventura vital y su periplo ultramarino y selvático deteniéndose en affaires y embistes, lances y complots, denuncias y luchas.

rafael barret y sindicalistas 1910 portalguarani

Aquí tenéis los textos de Barrett para descargar libremente, que os aproveche: http://eniberia.no-ip.org/barrett/

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Segunda parte de las dos Buscas dedicadas al Rrollo: del Rrollo a la Movida, de la hierba al polvo, de la comuna a la moda… de las Industrias Culturales y de la Marca España… de introducciones nocivas, infiltraciones en movimientos, desarticulaciones y otros mamoneos… de la oposición libertaria a la aceptación demócrata… de centrifugaciones y periferias varias… ¡Y nuestra sección enrrollante de anuncios, contactos, comunicaciones, mensajes y masajes… con músicas flipantes… pa ti y pa tu primo/a!

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“Tú no sabes de qué va el rrollo, tíío/tíía” solía ser la respuesta que a mediados de los setenta recibía quien no se enteraba de qué iba la cosa, y devino el signo de la alienación de los jóvenes que no eran “enrollados”, es decir, que no habían logrado liberarse de las convenciones sociales de una sociedad alienante, contrariamente a los grupos informales del Rrollo.

Los próximos dos programas de La Busca estarán dedicados al Rrollo. Hace unos pocos meses, en la librería granadina BAKAKAI (donde en estos momentos está abierta la muestra “Los papeles que volaron de las alcantarillas: fanzines y prensa contracultural del Rrollo a la Movida”, una selección de prensa marginal de los 70’s, las revistas de lo que se vino a llamar “el Rrollo”, y de otra parte, paralelamente una colección de fanzines de los 80’s, del periodo que se dio a promocionar como “la Movida”) se celebraron unas jornadas contraculturales abiertas, y una de esas charlas, que reunió a gente del Rrollo y a gente enrrollada y que grabamos, será la que guíe al oyente de estas dos buscas a desentrañar de qué iba eso del rrollo, el movimiento contracultural que se desarrolló callejeramente frente al monolito del Estado tardofranquista y su reconversión en monarquía constituyente pactada en figones reservados y oscuros despachos; y cómo, al hilo de la Transición/transacción de poderes, devino aquello en el diseño político de una exportable “Movida”, elitista y capitalina, con su corte de vedettes y su pose tan moderna; planteando aún una tercera localización: ¿hubo o no un movidón, de chavalería en los barrios, que sacaba sus fanzines y montaba sus grupos y colectivos de manera autogestionaria como medios para generar fugas de expresión y difusión de realmente “otra cosa”, al margen de los pelotazos culturales, las pasarelas y la puesta de largo del Espectáculo en el Estado transicional español?

Del Rrollo y la Movida

La basca en la onda sabe que durante la década de los setenta, paralelamente al proceso de adecuación de las clases dominantes al nuevo régimen vigente, floreció un movimiento subterráneo de jóvenes que se había venido gestando en Sevilla y más tarde en Madrid y Barcelona, cuya actitud vital chocaba frontalmente con los valores representados por sus viejos y por el tardofranquismo. Los intereses comunes de las muy diversas gentes que formaron el Rollo eran la música (del rock al flamenco pasando por el jazz), el consumo experimental y lúdico de drogas (LSD, marihuana, hachís…), una actividad creativa en parte potenciada por dicho consumo (vinculada a la música o a las artes visuales, típicamente, al cómic) y una cierta espiritualidad que adoptaba formas variopintas (del yoga al cuelgue por los ovnis, los Hare Krishna o el sexo tántrico). Algunos de los jóvenes del Rollo tomaron parte activa en las luchas políticas de la época, participando por ejemplo en la reconstitución del movimiento libertario o en los primeros grupos feministas, homosexuales o de presos que se formaron en el estado español; otros eran más pasotas o individualistas, pero todos igualmente marginales y marginados, tensos y felices, un grano multicolor en el culo de la autoridad.

…excepto quizás algunos.

 El Rrollo –con dos erres raspantes y vacilonas– va, o fue, o iba, de todo ese mogollón de movidas, unas más enrrollantes, otras más muermo, pero todas interesantes por varias razones. Una de ellas fue la especial idiosincrasia e incidencia de su prensa, autodenominada marginal, antes de que hiciera aparición el término “alternativa”. Atrevimiento, imaginación, autogestión, fueron algunas de las características de esta prensa contracultural, pero tal vez dos destaquen entre todas: la ausencia casi total de publicidad, unida a unos contenidos sin parangón con nada de lo que podamos encontrar hoy en el aburrido y uniforme quiosco de la esquina –un primer gesto en el que late ya la vena utópica de la contracultura, es decir, lo inusitado de concebir la edición no como un negocio sino como un medio de expresión libre encaminado a influir en el entorno y a modificarlo radicalmente–; y lo más importante, la diferencia radical entre las revistas del Rrollo y aquellas –pocas– que en el presente tratan asuntos más o menos enrrollados: el amor. Pues sí, el amor y el grupo crean la onda, generan el rrollo, una vibración simpática que entra en resonancia en Barcelona y que alcanza su máximo volumen entre el verano de 1975 y el de 1977, coincidiendo con el primer festival Canet Rock y con las Jornadas Libertarias Internacionales, respectivamente.

     

Un rescate de esta prensa contracultural es el que ha hecho el fanzine Vacaciones en Polonia en su último número, el 6, dedicado significativamente a la utopía, con un amplio dossier de mogollón de páginas ilustradas repletas de información enrrollante. Señala la gente del Vacaciones en Polonia (Rafita el Grifota pilota la charleta del pograma, acompañado de coleguis y aderezado de rock chungo y marchoso por el RajKuter) que la palabra “amor”, en este caso, está conectada con el interés que posee el asunto en torno al cual, en un momento dado, la persona periodista enrrollada se va a poner a escribir. No hay más que echar un vistazo a los artículos de revistas como Ajoblanco, Star, Ozono, Bicicleta, a los libritos de La Piqueta y La Banda de Moebius, etcétera, por citar algunas de las publicaciones y editoras independientes y autogestionadas que más sobresalieron en aquel periodo, para darse cuenta de que están redactados por personas que, con toda la inexperiencia o ingenuidad incluso que se quiera, sólo escribían lo que querían y que sólo reseñaban aquello que directamente amaban o que odiaban.

Una diferencia fundamental entre las revistas del Rrollo y los fanzines de la Movida es el abandono de la vena política combativa. “El fanzine musical que se hace en los 80 ya no es un fanzine de combate; es el fanzine de un aficionado a determinado tipo de música, que hace un fanzine como podría ser coleccionista de sellos”, señala Fernando Márquez “El Zurdo”, personaje controvertido donde los haya dentro del underground de este país, y posiblemente la persona mundial que ha participado en más publicaciones alternativas cuando no las ha hecho él directamente: por ejemplo en 1977 editó los CADI (Cuadernos de Actuación en Defensa del Individuo), La liviandad del imperdible, Talam!, El nacimiento de la escuela Drago o el Kaka de Luxe, cuadernillos que anunciaban ya la nueva ola y el punk, muy lejos de la onda del Rollo de los 70’ en que surgieron.

“Los fanzines poseían una mentalidad muy propia de la contracultura, como podía ser la de los yippies en EEUU. Es decir –aclaraba el Zurdo en una interviú con el fanzine electrónico Industrias Mikuerpo–, una mentalidad más bien ácrata, con una desconfianza enorme hacia el poder… [Luego] vemos que gente que en aquella época estaba haciendo fanzines deben estar ahora de administrativos dentro del gran aparato del PSOE. La Movida es una especie de cronicón o de personaje que enlaza épocas, porque la gente que llega después, a partir de Alaska, es otra gente completamente distinta. Para empezar, Alaska es una persona que es anticastrista feroz, y Carlos Berlanga es un niño de papá. Es decir, para nada la generación del underground anterior. [...] Underground sería el termino para algo que hereda lo que había sido el comix que se hacía en EEUU en la transición 60-70, lo que era el movimiento freak, más que hippie, porque los hippies eran mucho más beatíficos y los freaks más cínicos. Además, sería el cinismo de Diógenes transplantado a Estados Unidos y luego importado a España. Marginalidad sería el término sinónimo, por eso llamábamos a lo que hacíamos prensa marginal y la vendíamos en El Rastro. Cuando la democracia formal se va estableciendo, esto ya no tiene obviamente sentido. La gente empieza ya a intentar vivir de ello y se van convirtiendo en revistas establecidas o en fanzines que vuelven al uso original del término, que es el de prensa amateur.

Si hemos expuesto como muestra del cambio y asentamiento que se empezaba a dar a fines de los 70” el caso de la prensa alternativa, todo en ese momento parece mutar igualmente y en el mismo espiral sentido, desde el consumo de sustancias (del hachís y los ácidos al polvo, heroína, cocaína…) hasta el personalismo como pose social y el abandono de la forma comunal predominante en el periodo anterior del Rrollo, pasando por la música y otros productos culturales, más modernos o la moda, importada ahora de Europa. Tras la famosa y sangrienta Transición española –cuando se impone el reparto de poderes y se estila el “qué hay de lo mío” o el tan chorizo “tó pá mí”, como señala Emilio Sola– se irán perfeccionando los canales comerciales e institucionales que hoy en día se encargan de desactivar cualquier iniciativa contestataria o simplemente molesta de manera mucho más eficaz que otros tipos más anticuados de censura.

     

Si la gente del Rrollo había conseguido tomar la calle (véanse los paseos de Nazario y Ocaña por las Ramblas como ejemplo), la de la Movida se desparramó por los salones y las pasarelas. Hoy que plazas y calles se van convertido al fin en lugares de reunión donde el pensamiento y la actividad puedan volver a bullir, a pesar de la represión y la criminalización continuada del uso y disfrute del espacio público, habría que recordar las luchas que durante la pactada Transición se hicieron en la calle, al tiempo que los partidos políticos tomaban el control y desarticulaban los movimientos sociales, vecinales, obreros, estudiantiles… Transición pues a base de capa de barniz democrático hacia el llamado “Estado del bienestar”, caracterizada por la institucionalización, la especulación y el pelotazo en todos los ámbitos, mientras a base de talonario se va engrasando, sofisticando la maquinaria de un aparato represor capaz de desarticular cualquier cambio real que osara trastocar lo pactado en esos momentos, a espaldas de la calle, entre los asesinos de Nin y los asesinos de Lorca, por decirlo de alguna manera, y con la CIA, la OTAN, el tricornio,  el cetro y el copón bendito de por medio. El caciquismo endémico se anudaba la corbata y la patronal se arremangaba azuzando y sujetando a un tiempo los perros, mientras la autonomía obrera era reprimida, la droga muerte introducida en los barrios y, así y con unas migajas televisivas, la dictadura salía convertida en una democracia de servicios y turismo, con un régimen constitucionalista monárquico, con su socialismo y su comunismo monárquicos, incluidos tras un siglo de lucha en los lotes de poder, y una administración conservadora-progresista por turnos –“el arte de dejar estar”, como llamara Gracián al bipartidismo.

Con toda su coqueta inquietud y ansia de modernidad, su ego-hedonismo vacuo, su frivolidad vocinglera y “como de”, tan pop, tan plástico y tan “total” el escaparate de La Movida se prestó rápidamente a ser admirado a gran escala, de Villamedroña a Nueva York pasando por Canes y con los ojos puestos tanto en Holywood como en Bruselas; exprimido y rentabilizado por las corbatas gestoras del mercado cultural, principalmente la temible SSGA, nuevas viejas caras se vieron instaladas en las poltronas ahora de diseño; y las subdelegaciones de cultura (turismo) que necesitaban presentar la imagen de una España nueva –aunque vieja, si bien no tan pelleja–  capaz de bajarse lo que hiciera falta porque, efectivamente, hubiera llegado el momento: miles de cambios de chaquetas se dieron hasta que la arruga se hizo bella: se alternó, cortejó, aduló, se ofreció, pactó, contactó, se invirtió y contrató, se codearon y se pusieron de acuerdo para la reforma del patio, que se engalanó para la representación de la “Marca España”; los dominicales a color de los diarios, agrupados en lobbyes de poder cercanos a cada facción del bipartidismo en ciernes, las cadenas del espectáculo, en fin, propagaron todo “lo más” del nuevo régimen vecinal, las excelencias del hueco de la escalera y todo lo “con encanto” de sus rincones, hipotecados con la suma de todos. Mientras, la intelectualidad demócrata de toda la vida gozaba de su aposentado quintacolumnismo.

A por su parte, los artistas que pasaron a representar aquel chow de “La Movida” como auténticas vedettes de la cosa cultural, no dudaron en su mayoría en postrarse lo mismo ante un departamento estatal, diputacional, autonómico que manejara y concediera –pingües– subvenciones, que ante cualquier ayuntamiento de pueblo con el más ínfimo presupuesto que arañar.  Hablamos de la época de los nuevos tecnócratas y los nuevos y los viejos ricos, viejos y nuevos demócratas a derecha y a izquierdas, ocultando por igual sus fantasmas y sus fascismos, cara a la reconversión/remodelación, por el pacto de no agresión, para la liberalización de mercados, en el amanecer de la globalización, sol radiante de la especulación del capital que hizo flotar el ladrillo y balancearse al mejor postor, durante una época eminentemente figurativa, cualquier brochazo de cualquier barceló exhibido en cualquier Arco.

Frente al ansia del to pa’mi de quienes se lanzaron a chapotear en el fabuloso aceite de la modernización y el atuse con los polvos de la democracia espectacular –que también sirvieron a intereses políticos, de normalización según los dictados de un neocapitalismo remozado– (aceite que se reveló de colza, de polvos de cal viva marca Gal, de chapapotes y otros untos y pomadas que salieron de despachos privados y subdelegaciones y se dieron, goma-2 de por medio, entre la era de la nariz de Rossy de Palma y la del lavado en caliente de los seriales sobre la transición en familia, anuncios por en medio), la gente del Rrollo había defendido una forma de vida autogestionaria directamente enfrentada al modelo burgués que, finalmente, terminó imponiéndose. Seguramente la influencia de la contracultura de los setenta contribuyó a limar las aristas más autoritarias de dicho modelo, que podríamos resumir en la secuencia: coche-trabajo fijo-pareja-vivienda familiar, pero sus propuestas más radicales y utópicas se quedaron en el mismo limbo en el que todavía flotan la autonomía obrera, el movimiento libertario y el resto de opciones anticapitalistas que fueron minuciosamente expurgadas durante la última restauración borbónica.

 

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Segunda entrega dedicada a la contracultura, tal como la analiza Jaime Gonzalo en “Poder Freak”, una trilogía que recorre, retrata y analiza las diferentes manifestaciones contraculturales que brotaron en la segunda mitad del s. XX, sus porqués, sus conexiones y su devenir en las sociedades que las acogieron. Os ofrecemos la segunda parte de la entrevista pública y charla que tuvo lugar en la librería Bakakai de Granada, donde se repasó, al hilo del devenir contracultural y su neutralización por parte del Sistema, el papel que en ella jugaron la nueva izquierda, las sectas espiritualistas, las comunas, las drogas, el rock, los grupos armados, la prensa alternativa, los focos universitarios, la crítica especializada, etecé, etecé, cuestiones todas ellas puestas en relación con el presente, para clarificar qué queda, a día de hoy, de toda esa herencia contracultural.

Enlace a la web de Jaime Gonzalo Enlace a la web de la librería Bakakai

 

 

 

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Bajo el provocativo título de Poder Freak nos topamos en esta nueva entrega de La Busca con la apasionante crónica de la contracultura escrita por Jaime Gonzalo –periodista, escritor, crítico de rock y esencialmente agitador de mentes y conciencias adormecidas– y publicada por la editorial Libros Crudos de Bilbao, cuyo segundo volumen acaba de aparecer este año. Su autor se acercó recientemente desde Barcelona a Granada con el aluvión de ideas que hay detrás de esta crónica, la de la contracultura que agitó al mundo hasta la década de los 70 y cuyos valores parecen estar hoy dormidos en una sociedad y un sistema movidos por los hilos del capitalismo más feroz.

¿Cuál fue el germen de la contracultura? ¿Fue ésta un movimiento heterogéneo, revulsivo, contestatario, combativo o, sencillamente, un enorme laboratorio del capitalismo? ¿Qué papel jugaron las ideologías, la juventud, los medios de contrainformación, la moda, el rocanrrol, las drogas, el espiritualismo, la “nueva izquierda”, etcétera, etcétera?

   

En dos programas sucesivos de La Busca de una hora de duración cada uno, cargados de potente música (en su mayor parte la que el propio Gonzalo pinchó en una intensa sesión en el club Tornado), os ofrecemos la entrevista pública -pilotada por Eduardo Tebar- y charla que tuvo lugar en la librería Bakakai de Granada, en las que se repasaron todas estas cuestiones, puestas en relación con el presente: ¿Qué queda, a día de hoy, de todas aquellas novedosas manifestaciones de entonces? ¿Qué herencia tiene la sociedad actual de esa contracultura?

Beatniks, hippies, yippies, provos, situs, primeras tribus urbanas, comunas, guerrillas, células armadas, grupos anarquistas, marxistas, panteras negras y blancas, filósofos, activistas y revolucionarios de toda laya que durante una agitada década defendieron sus ideas de emancipación de la sociedad del consumo y el espectáculo de la cultura burguesa, e intentaron llevarlas a la práctica –con resultados muchas veces descorazonadores– en oposición al todopoderoso monolito de lo establecido, pertrechado tras el muro del dólar y la represión policiaca. Junto a esta vertiente combativa a la que se entregaron quienes creyeron vehementemente poder cambiar el mundo con la palabra y también las armas –al servicio de una ideología de cambio radical–, la contracultura devino en un enorme laboratorio del capitalismo tras la aparición de una nueva forma de consumo basada en una juventud escolarizada en la Universidad como nunca antes lo había estado y con poder adquisitivo para consumir su propia mercancía.

“En Estados Unidos, la universidad cobra un protagonismo importantísimo. Sobre todo por la demografía: en los sesenta, las aulas estaban a rebosar de gente. El 60% de los estudiantes eran judíos de clase media acomodada. Sufrían una marginación relativa, porque no se les consideraba americanos. Muchas universidades abandonan el prejuicio religioso y admiten a judíos. Eso determina el crecimiento del folk, y no solo por Dylan y Greenwich Village. El folk es un antecedente del rock contracultural. Todas las universidades, por pequeñas que sean, tienen su periódico underground. Todas organizan conciertos. Se crea un circuito nacional enorme. Y se transmite a Europa. El sello underground por excelencia en Francia, Actuel, establece una cadena de tiendas de discos, ropa y prensa en todas las universidades del país. Era un caldo de cultivo tremendo. Así se siembra una ideología que luego se puede mercantilizar.”

     

Jaime Gonzalo lleva buena parte de su vida profesional envuelto en cultura juvenil y, con estos libros, tan intensos y extensos como se lo merecen, se ha propuesto desenmascararla. Así que desgrana tramo a tramo la generación de movimientos de protesta, las nuevas músicas, las rebeliones y las formas de expresión de la juventud. Estos Poder freak son disfrutables por muchos motivos, pero uno de ellos, no el menor, es el ejercicio interno de relación entre esos movimientos, lo político y lo económico.

“La contracultura obedece a una única fuerza motora que es la economía y la fuerza del mercado en un momento donde, sociológicamente, por primera vez la juventud adquiere un poder adquisitivo lo suficientemente relevante como para que se construya un mercado que abastezca sus necesidades. Todas las lecturas que puedan salir de ahí y lo que hace con eso el capitalismo y las fuerzas dominantes y la cultura dominante abarca muchísimos matices y muchas consecuencias. No muchas de ellas positivas, la verdad sea dicha, sino prólogos del desdichado estado en el que actualmente nos encontramos donde ya la capa de ficción cada vez es más frágil, se rasga más fácilmente y vemos la oscuridad que planea detrás de todo. En ese sentido, la contracultura fue una especie de profecía perversa que no nos preparó para lo que iba a suceder, o nos preparó en el sentido que interesa a la ideología dominante que se prepare a la masa o el rebaño, que era aceptar ciertas cosas aún a sabiendas de que no eran así.”

 

“Habrá que dar la razón a esas teorías que dicen que los festivales eran campos experimentales, una especie de Auschwitz para comprobar cómo someter a grandes multitudes con sustancias incontroladas y dejarlos neutralizados. Un campo de concentración con gran dispendio de vatios… El rock jugó un papel industrial y económico terrorífico. De un día para otro, cambió completamente la noción de cómo hacer dinero con una canción. Se reforzó la mitología de la juventud y de la novedad. Mañana no serás tan joven ni tan nuevo como hoy, con lo cual estarás desfasado. Es la necesidad de una renovación constante y sistemática, de manera que no dé tiempo a pensar ni a reflexionar. Gracias a eso, el rock hizo millonaria a mucha gente. Pero creó un sistema hueco de contenido, en el que priman los fuegos artificiales. Para mí, hace cuarenta años que el rock está en una decadencia absoluta e irreversible. Se repite a sí mismo. Y nos seguimos empeñando en defender que el rock es una manifestación cultural que aporta algo. Bueno, sí, aporta dinero. Porque es un mercado. En otros aspectos, ¿qué transmite el rock?”

     

“Quien no tenía una prórroga estudiantil, debía irse a pegar tiros a Vietnam. Es lógico que se organice un movimiento gigantesco. Ese miedo a morir es el que impulsa una de las fuerzas motoras de la contracultura. Hasta que, en el año 73, Nixon acaba con el reclutamiento obligatorio y se produce una diáspora masiva de todas las organizaciones antibélicas. Aparecen cantidad de formaciones con el único objetivo de soltar bombazos y realizar secuestros. Es la excusa perfecta para que la represión se legalice hasta los extremos en que se legalizó. La “pax nixoniana” era esa ley y orden a base de morder polvo y de matar a gente. Era el único elemento disuasorio: tres o cuatro cadáveres callan muchas bocas.”

También “Mayo del 68 fue una operación teledirigida para recuperar la credibilidad perdida de De Gaulle. En el libro hay datos y frases muy explícitas de gente implicada. Es como el atentado a Carrero Blanco. ¿Estuvo la CIA detrás? Seguramente sí. Mayo del 68 se produjo porque se permitió que se produjera. Si no quieren, no se produce. A efectos prácticos, ¿qué repercusión tuvo Mayo del 68? ¿La universidad libre? Me río de la universidad libre. Eso es una mierda. Es lo que tenemos ahora: la universidad más cara del mundo. ¿Cambió algo Mayo del 68? No cambió nada, en absoluto. ¿Qué hace ahora Daniel Cohn-Bendit? Es eurodiputado y vive del chollo. Mayo del 68 posee un componente mítico que refuerza la fantasía de la contracultura. Las barricadas, la arena debajo de los adoquines… Ese tremendo imaginario que se construyó a partir de ahí. El 15-M ha desenterrado cantidad de eslóganes y frases.”

 

 

(Jaime Gonzalo empezó a publicar siendo adolescente en la revista Popular 1 en 1975, y de ahí saltó a las más significativas cabeceras de la prensa underground de finales de la década de los setenta, como Star, Disco Exprés, Vibraciones o Sal Común. En 1985 cofundó y bautizó la revista Ruta 66, ya con más de veinte años de trayectoria. Es autor también de Escupidos de la Boca de Dios y Combustión Espontánea, biografías de la Banda Trapera del Río y The Stooges respectivamente.)

 

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La ideología mata. La intelectualidad al servicio del poder.

Os ofrecemos la charla que dio José Antonio Fortes durante la presentación en la librería Bakakai del libro de Paul Lidsky Los escritores contra la Comuna, convertido ya en un clásico y reeditado por Los Enemigos de Thiers. Este imprescindible ensayo, hasta ahora descatalogado, habla sobre la genealogía de la retórica criminalizadora antisubversiva en uno de sus momentos fundadores, el de la represión de la Commune parisina. Un léxico que ha vivido transformaciones tácticas, pero cuyas claves permanecen invariables.

El 18 de marzo de 1871 estalla en París una revolución popular que, el 28 de mayo de 1871, después de una guerra civil sin cuartel, termina con la derrota de la Comuna de París y una represión increíble: 30.000 hombres, mujeres y niños son ejecutados, en gran parte con ametralladora, en menos de ocho días, por las fuerzas del orden. Se contaron cerca de 37.000 detenciones y más de 13.000 condenas. El aplastamiento implacable de la Comuna indica muy bien que la sociedad burguesa se sintió gravemente amenazada y estremecida hasta sus fundamentos. Hubo un verdadero pánico de la «gente decente» amenazada por aquellos «bárbaros».

Tras la caída de la Comuna de París, gran parte de los intelectuales del momento, provenientes de una tradición laica, cívica y republicana, no dudaron en poner sus plumas al servicio de las bayonetas de la reacción. Estos literatos se plegaron prácticamente en masa a la contrarrevolución y prolongaron durante muchos años su oposición y condena a los communards. Frente a la represión que se llevará, entre muertos en batalla y ejecutados, 25.000 comuneros, los escritores, prácticamente de conjunto, son los primeros en reclamar una represión implacable y sin cuartel, para evitar una vuelta de la Comuna.

Desde entonces, a lo largo del siglo XX, la intelectualidad, erigida en la elite cultural, fue edificando todo un aparato ideológico al servicio del poder para sofocar, criminalizar y enterrar cualquier brote emancipador del proletariado revolucionario; de tal manera que, borradas sus huellas, hoy ya no queda rastro de aquello que conocimos como proletariado militante. Del mismo modo que aquellos escritores que denigraron a la Comuna de París, así como luego otros a la Revolución española, etecé, campa a sus anchas hoy una intelectualidad reaccionaria que hace gala de progresismo mientras se alía con el capitalismo más vergonzante… ¡como si hubiese un capitalismo digno!

Nadie se pregunta por qué sólo se conoce una especia de literatura oficial, siempre acorde al poder establecido, y nunca se potencian las posibilidades contestararias propias al ejercicio literario, tal como se dieron, por ejemplo, entre los escritores revolucionarios durante la II República, ninguneados y relegados hoy al olvido.

José Antonio Fortes –profesor, investigador y ensayista curtido en estas lides, autor de Intelectuales de consumo y La guerra literaria (literatura y falsa izquierda), entre otros trabajos– se propuso hace mucho desmontar el concepto de «cultura sacralizada» y para ello cuestiona profundamente el papel del intelectual hoy día. Fortes se ha convertido en el profesor y crítico literario «políticamente incorrecto», que dicen, en el Estado español debido a sus opiniones claramente desmitificadoras del mundo cultural, y especialmente literario. Mientras los hay que empiezan a temblar con solo oír su nombre, la lucidez e incisión que despliega en sus apasionadas intervenciones son una muestra veraz de la potencia de la crítica frente a los esbirros del Poder.

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Durante la historia de la llamada Humanidad, desde tiempos inmemoriales se han usado infinidad de métodos de tortura, sea para obtener información, como forma de castigo, venganza o por cuestiones políticas, por oponerse la gente al sistema establecido de turno. Desde los siniestros y dolorosísimos métodos de tortura física empleados por la Inquisición de la Iglesia Católica, a los sofisticados de tortura psicológica empleados por los servicios de inteligencia de los Estados, las policías de todo el mundo y los grupos de secuestro terroristas. Sus sistemas modernos de tortura buscan combinar “desorientación sensorial” (aislamiento, estar de pie, extremos de calor y frío, luz y oscuridad, ruido y silencio) con dolor auto-inducido, tanto físico como psicológico, con el fin de “desintegrar la identidad” de un prisionero.

Numerosas “armas acústicas” han sido desarrolladas por contratistas que trabajan para el Departamento de Defensa de los USA, al menos desde la creación en 1997 de la Fuerza de Armas No-Letales. El Aparato Acústico de Largo Alcance que se utiliza actualmente en Estados Unidos para dispersar grupos de manifestantes, es capaz de producir un sonido de 150 decibelios, 50 veces más de lo necesario para sentir dolor, y suficiente para provocar daño permanentemente a una distancia de hasta 90 m.

La “tortura sin contacto”, comparte con las armas no letales la ventaja de no dejar marcas causadas directamente por los interrogadores en la superficie carnosa visible del cuerpo. Por ende, son difíciles de probar y de asociar a las imágenes de tortura comunes en nuestra cultura visual y literaria. Las técnicas de “tortura sin contacto” fueron usadas, y de hecho, probadas una y otra vez, por las fuerzas de contrainsurgencia de la CIA hasta adentrados los años 70s en Sudamérica y más tarde Oriente Medio. Ejemplo del esfuerzo de los Estados Unidos por proyectarse como soberanía global.

En Guantánamo, uno de los recintos de máxima seguridad con que cuenta el Imperialismo yanqui, “limbo alambrado”  fuera del mundo y al margen de la legislación internacional, a los presos, entre otras muchas formas de aniquilación, se les torturaba con grandes éxitos musicales. La tortura consiste en reproducir la música a un volumen elevado, una y otra vez de forma continuada y sin descanso. Al bombardeo específicamente musical, En Guantánamo o Irak, se unía la humillación sexual, la ofensa cultural y el aislamiento sensorial.

La música lleva fácilmente a levitar sin necesidad de imágenes engañosas, oséase religiosas, ni ideología metafísica de por medio. Qué duda cabe que la música es un estímulo que afecta el campo perceptivo de cada uno; así, el flujo sonoro puede cumplir con variadas funciones. No nos pensábamos, sin embargo, que fuera emplearse con fines tan nocivos. Mal nos topamos hoy en este programa de La Busca con esta barrera del sonido: el sonido dirigido como arma, y en concreto la música como instrumento de tortura.

Históricamente, la industria del entretenimiento ha estado ligada a la domesticación o sometimiento llevada a cabo por los Estados-Nación de sus súbditos respectivos. Empezando por las campanas de la Iglesia, los himnos nacionales, militares o deportivos, con los que se pretende llamar a comulgar o inculcar un sentimiento musical patriótico; los cánticos folklóricos-regionales, o las cantinelas a la moda cargadas de ideología, exaltante o sedante, llamadas a la pertenencia, el gregarismo y el consumo. Hay también canciones tópico, himnos de una cultura cochambrosa, pintoresca y patrioteril, con los que se marca sin sentido del bochorno. Del Poromponpón al Qué viva España, o el clásico Granada, escrito en 1932 por el compositor mexicano Agustín Lara. Imagínese una tortura tal: le encierran en una celda y descargan sobre usted sin interrupción una tormenta de versiones a todo volumen del célebre tema Granada… ¿Podría soportarlo?

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