
“Tú no sabes de qué va el rrollo, tíío/tíía” solía ser la respuesta que a mediados de los setenta recibía quien no se enteraba de qué iba la cosa, y devino el signo de la alienación de los jóvenes que no eran “enrollados”, es decir, que no habían logrado liberarse de las convenciones sociales de una sociedad alienante, contrariamente a los grupos informales del Rrollo.
Los próximos dos programas de La Busca estarán dedicados al Rrollo. Hace unos pocos meses, en la librería granadina BAKAKAI (donde en estos momentos está abierta la muestra “Los papeles que volaron de las alcantarillas: fanzines y prensa contracultural del Rrollo a la Movida”, una selección de prensa marginal de los 70’s, las revistas de lo que se vino a llamar “el Rrollo”, y de otra parte, paralelamente una colección de fanzines de los 80’s, del periodo que se dio a promocionar como “la Movida”) se celebraron unas jornadas contraculturales abiertas, y una de esas charlas, que reunió a gente del Rrollo y a gente enrrollada y que grabamos, será la que guíe al oyente de estas dos buscas a desentrañar de qué iba eso del rrollo, el movimiento contracultural que se desarrolló callejeramente frente al monolito del Estado tardofranquista y su reconversión en monarquía constituyente pactada en figones reservados y oscuros despachos; y cómo, al hilo de la Transición/transacción de poderes, devino aquello en el diseño político de una exportable “Movida”, elitista y capitalina, con su corte de vedettes y su pose tan moderna; planteando aún una tercera localización: ¿hubo o no un movidón, de chavalería en los barrios, que sacaba sus fanzines y montaba sus grupos y colectivos de manera autogestionaria como medios para generar fugas de expresión y difusión de realmente “otra cosa”, al margen de los pelotazos culturales, las pasarelas y la puesta de largo del Espectáculo en el Estado transicional español?

Del Rrollo y la Movida
La basca en la onda sabe que durante la década de los setenta, paralelamente al proceso de adecuación de las clases dominantes al nuevo régimen vigente, floreció un movimiento subterráneo de jóvenes que se había venido gestando en Sevilla y más tarde en Madrid y Barcelona, cuya actitud vital chocaba frontalmente con los valores representados por sus viejos y por el tardofranquismo. Los intereses comunes de las muy diversas gentes que formaron el Rollo eran la música (del rock al flamenco pasando por el jazz), el consumo experimental y lúdico de drogas (LSD, marihuana, hachís…), una actividad creativa en parte potenciada por dicho consumo (vinculada a la música o a las artes visuales, típicamente, al cómic) y una cierta espiritualidad que adoptaba formas variopintas (del yoga al cuelgue por los ovnis, los Hare Krishna o el sexo tántrico). Algunos de los jóvenes del Rollo tomaron parte activa en las luchas políticas de la época, participando por ejemplo en la reconstitución del movimiento libertario o en los primeros grupos feministas, homosexuales o de presos que se formaron en el estado español; otros eran más pasotas o individualistas, pero todos igualmente marginales y marginados, tensos y felices, un grano multicolor en el culo de la autoridad.

…excepto quizás algunos.
El Rrollo –con dos erres raspantes y vacilonas– va, o fue, o iba, de todo ese mogollón de movidas, unas más enrrollantes, otras más muermo, pero todas interesantes por varias razones. Una de ellas fue la especial idiosincrasia e incidencia de su prensa, autodenominada marginal, antes de que hiciera aparición el término “alternativa”. Atrevimiento, imaginación, autogestión, fueron algunas de las características de esta prensa contracultural, pero tal vez dos destaquen entre todas: la ausencia casi total de publicidad, unida a unos contenidos sin parangón con nada de lo que podamos encontrar hoy en el aburrido y uniforme quiosco de la esquina –un primer gesto en el que late ya la vena utópica de la contracultura, es decir, lo inusitado de concebir la edición no como un negocio sino como un medio de expresión libre encaminado a influir en el entorno y a modificarlo radicalmente–; y lo más importante, la diferencia radical entre las revistas del Rrollo y aquellas –pocas– que en el presente tratan asuntos más o menos enrrollados: el amor. Pues sí, el amor y el grupo crean la onda, generan el rrollo, una vibración simpática que entra en resonancia en Barcelona y que alcanza su máximo volumen entre el verano de 1975 y el de 1977, coincidiendo con el primer festival Canet Rock y con las Jornadas Libertarias Internacionales, respectivamente.
Un rescate de esta prensa contracultural es el que ha hecho el fanzine Vacaciones en Polonia en su último número, el 6, dedicado significativamente a la utopía, con un amplio dossier de mogollón de páginas ilustradas repletas de información enrrollante. Señala la gente del Vacaciones en Polonia (Rafita el Grifota pilota la charleta del pograma, acompañado de coleguis y aderezado de rock chungo y marchoso por el RajKuter) que la palabra “amor”, en este caso, está conectada con el interés que posee el asunto en torno al cual, en un momento dado, la persona periodista enrrollada se va a poner a escribir. No hay más que echar un vistazo a los artículos de revistas como Ajoblanco, Star, Ozono, Bicicleta, a los libritos de La Piqueta y La Banda de Moebius, etcétera, por citar algunas de las publicaciones y editoras independientes y autogestionadas que más sobresalieron en aquel periodo, para darse cuenta de que están redactados por personas que, con toda la inexperiencia o ingenuidad incluso que se quiera, sólo escribían lo que querían y que sólo reseñaban aquello que directamente amaban o que odiaban.
Una diferencia fundamental entre las revistas del Rrollo y los fanzines de la Movida es el abandono de la vena política combativa. “El fanzine musical que se hace en los 80 ya no es un fanzine de combate; es el fanzine de un aficionado a determinado tipo de música, que hace un fanzine como podría ser coleccionista de sellos”, señala Fernando Márquez “El Zurdo”, personaje controvertido donde los haya dentro del underground de este país, y posiblemente la persona mundial que ha participado en más publicaciones alternativas cuando no las ha hecho él directamente: por ejemplo en 1977 editó los CADI (Cuadernos de Actuación en Defensa del Individuo), La liviandad del imperdible, Talam!, El nacimiento de la escuela Drago o el Kaka de Luxe, cuadernillos que anunciaban ya la nueva ola y el punk, muy lejos de la onda del Rollo de los 70’ en que surgieron.
“Los fanzines poseían una mentalidad muy propia de la contracultura, como podía ser la de los yippies en EEUU. Es decir –aclaraba el Zurdo en una interviú con el fanzine electrónico Industrias Mikuerpo–, una mentalidad más bien ácrata, con una desconfianza enorme hacia el poder… [Luego] vemos que gente que en aquella época estaba haciendo fanzines deben estar ahora de administrativos dentro del gran aparato del PSOE. La Movida es una especie de cronicón o de personaje que enlaza épocas, porque la gente que llega después, a partir de Alaska, es otra gente completamente distinta. Para empezar, Alaska es una persona que es anticastrista feroz, y Carlos Berlanga es un niño de papá. Es decir, para nada la generación del underground anterior. [...] Underground sería el termino para algo que hereda lo que había sido el comix que se hacía en EEUU en la transición 60-70, lo que era el movimiento freak, más que hippie, porque los hippies eran mucho más beatíficos y los freaks más cínicos. Además, sería el cinismo de Diógenes transplantado a Estados Unidos y luego importado a España. Marginalidad sería el término sinónimo, por eso llamábamos a lo que hacíamos prensa marginal y la vendíamos en El Rastro. Cuando la democracia formal se va estableciendo, esto ya no tiene obviamente sentido. La gente empieza ya a intentar vivir de ello y se van convirtiendo en revistas establecidas o en fanzines que vuelven al uso original del término, que es el de prensa amateur.

Si hemos expuesto como muestra del cambio y asentamiento que se empezaba a dar a fines de los 70” el caso de la prensa alternativa, todo en ese momento parece mutar igualmente y en el mismo espiral sentido, desde el consumo de sustancias (del hachís y los ácidos al polvo, heroína, cocaína…) hasta el personalismo como pose social y el abandono de la forma comunal predominante en el periodo anterior del Rrollo, pasando por la música y otros productos culturales, más modernos o la moda, importada ahora de Europa. Tras la famosa y sangrienta Transición española –cuando se impone el reparto de poderes y se estila el “qué hay de lo mío” o el tan chorizo “tó pá mí”, como señala Emilio Sola– se irán perfeccionando los canales comerciales e institucionales que hoy en día se encargan de desactivar cualquier iniciativa contestataria o simplemente molesta de manera mucho más eficaz que otros tipos más anticuados de censura.
Si la gente del Rrollo había conseguido tomar la calle (véanse los paseos de Nazario y Ocaña por las Ramblas como ejemplo), la de la Movida se desparramó por los salones y las pasarelas. Hoy que plazas y calles se van convertido al fin en lugares de reunión donde el pensamiento y la actividad puedan volver a bullir, a pesar de la represión y la criminalización continuada del uso y disfrute del espacio público, habría que recordar las luchas que durante la pactada Transición se hicieron en la calle, al tiempo que los partidos políticos tomaban el control y desarticulaban los movimientos sociales, vecinales, obreros, estudiantiles…
Transición pues a base de capa de barniz democrático hacia el llamado “Estado del bienestar”, caracterizada por la institucionalización, la especulación y el pelotazo en todos los ámbitos, mientras a base de talonario se va engrasando, sofisticando la maquinaria de un aparato represor capaz de desarticular cualquier cambio real que osara trastocar lo pactado en esos momentos, a espaldas de la calle, entre los asesinos de Nin y los asesinos de Lorca, por decirlo de alguna manera, y con la CIA, la OTAN, el tricornio, el cetro y el copón bendito de por medio. El caciquismo endémico se anudaba la corbata y la patronal se arremangaba azuzando y sujetando a un tiempo los perros, mientras la autonomía obrera era reprimida, la droga muerte introducida en los barrios y, así y con unas migajas televisivas, la dictadura salía convertida en una democracia de servicios y turismo, con un régimen constitucionalista monárquico, con su socialismo y su comunismo monárquicos, incluidos tras un siglo de lucha en los lotes de poder, y una administración conservadora-progresista por turnos –“el arte de dejar estar”, como llamara Gracián al bipartidismo.
Con toda su coqueta inquietud y ansia de modernidad, su ego-hedonismo vacuo, su frivolidad vocinglera y “como de”, tan pop, tan plástico y tan “total” el escaparate de La Movida se prestó rápidamente a ser admirado a gran escala, de Villamedroña a Nueva York pasando por Canes y con los ojos puestos tanto en Holywood como en Bruselas; exprimido y rentabilizado por las corbatas gestoras del mercado cultural, principalmente la temible SSGA, nuevas viejas caras se vieron instaladas en las poltronas ahora de diseño; y las subdelegaciones de cultura (turismo) que necesitaban presentar la imagen de una España nueva –aunque vieja, si bien no tan pelleja– capaz de bajarse lo que hiciera falta porque, efectivamente, hubiera llegado el momento: miles de cambios de chaquetas se dieron hasta que la arruga se hizo bella: se alternó, cortejó, aduló, se ofreció, pactó, contactó, se invirtió y contrató, se codearon y se pusieron de acuerdo para la reforma del patio, que se engalanó para la representación de la “Marca España”; los dominicales a color de los diarios, agrupados en lobbyes de poder cercanos a cada facción del bipartidismo en ciernes, las cadenas del espectáculo, en fin, propagaron todo “lo más” del nuevo régimen vecinal, las excelencias del hueco de la escalera y todo lo “con encanto” de sus rincones, hipotecados con la suma de todos. Mientras, la intelectualidad demócrata de toda la vida gozaba de su aposentado quintacolumnismo.
A por su parte, los artistas que pasaron a representar aquel chow de “La Movida” como auténticas vedettes de la cosa cultural, no dudaron en su mayoría en postrarse lo mismo ante un departamento estatal, diputacional, autonómico que manejara y concediera –pingües– subvenciones, que ante cualquier ayuntamiento de pueblo con el más ínfimo presupuesto que arañar. Hablamos de la época de los nuevos tecnócratas y los nuevos y los viejos ricos, viejos y nuevos demócratas a derecha y a izquierdas, ocultando por igual sus fantasmas y sus fascismos, cara a la reconversión/remodelación, por el pacto de no agresión, para la liberalización de mercados, en el amanecer de la globalización, sol radiante de la especulación del capital que hizo flotar el ladrillo y balancearse al mejor postor, durante una época eminentemente figurativa, cualquier brochazo de cualquier barceló exhibido en cualquier Arco.
Frente al ansia del to pa’mi de quienes se lanzaron a chapotear en el fabuloso aceite de la modernización y el atuse con los polvos de la democracia espectacular –que también sirvieron a intereses políticos, de normalización según los dictados de un neocapitalismo remozado– (aceite que se reveló de colza, de polvos de cal viva marca Gal, de chapapotes y otros untos y pomadas que salieron de despachos privados y subdelegaciones y se dieron, goma-2 de por medio, entre la era de la nariz de Rossy de Palma y la del lavado en caliente de los seriales sobre la transición en familia, anuncios por en medio), la gente del Rrollo había defendido una forma de vida autogestionaria directamente enfrentada al modelo burgués que, finalmente, terminó imponiéndose. Seguramente la influencia de la contracultura de los setenta contribuyó a limar las aristas más autoritarias de dicho modelo, que podríamos resumir en la secuencia: coche-trabajo fijo-pareja-vivienda familiar, pero sus propuestas más radicales y utópicas se quedaron en el mismo limbo en el que todavía flotan la autonomía obrera, el movimiento libertario y el resto de opciones anticapitalistas que fueron minuciosamente expurgadas durante la última restauración borbónica.

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